Por siempre Wembley: si en 1992 el joven Josep Guardiola triunfó como jugador en el "viejo" estadio para comenzar a quitarle los complejos a Barcelona. Esta vez, ya cuarentón y entrenador, celebró como pocas veces en el "nuevo" escenario la confirmación de que su equipo marca época.

"Tuvimos más tiempo para preparar esta final, y eso ayudó", dijo el DT en referencia a la ganada en Roma en 2009.

Su tercera temporada en Barcelona fue la más difícil del entrenador. Desde el desafío que le planteó Real Madrid al situar como técnico a su contracara, José Mourinho, hasta ciertos problemas con su presidente, Sandro Rosell, pasando por un plantel excesivamente corto sobre el que en el tramo final se cebaron las lesiones y los infortunios.

Los nueve meses de esta temporada quedarán grabados en la memoria de todos los hinchas del Barcelona, también de los del Real Madrid. Sólo faltó ganar la Copa del Rey, pero precisamente en ese momento, el más duro, el de más dudas de la temporada, Guardiola reaccionó. Lo hizo con su inusual ataque verbal a Mourinho, al que le entregó "la Champions de la sala de prensa" antes de emplazarlo a jugar al fútbol, un desafío que ganó por gran diferencia.

Y lo hizo sosteniendo a un grupo que dudaba y se encontró incluso con el inesperado tumor en el hígado de Eric Abidal, hombre clave en el año y no en vano el primero en alzar la copa, premio de todo el grupo a su recuperación fulminante.

"¡Guardioooooola, Guardiooooola...!", gritó la grada de Barcelona en Wembley mientras el entrenador volaba, lanzado al aire una y otra vez por sus jugadores. No sólo acababan de ganar la Champions: acababan de imponerse a ellos mismos. Y otra vez la solución estaba en Wembley.